Primero Dios


Todas las demás ofrendas de grano, ya sean de harina seca o harina humedecida con aceite de oliva, se repartirán equitativamente entre todos los sacerdotes, los descendientes de Aarón…Luego, el sacerdote quemará la grasa en el altar, pero el pecho le pertenecerá a Aarón y a sus descendientes.

Levítico 7:10-31 (NTV)

Dios estableció regulaciones para las diferentes ofrendas. Un punto muy importante es que en la mayoría de ellas, una parte de lo ofrendado era para Dios y otra para los sacerdotes, pero en todos los casos se ofrecía primero lo de Dios y luego los sacerdotes tomaban su parte. Las ofrendas se presentaban en el Atrio del Tabernáculo y debían ser consumidas por los sacerdotes en un lugar sagrado dentro del Atrio (Levítico 6:16,26), resaltando así el carácter que éstas tenían y la santidad de Dios, de manera que era algo que no se podía tomar a la ligera. Los hijos de Elí lo hicieron y tuvieron que pagar las consecuencias. Ellos comían primero la parte que les correspondía y después ofrecían la parte de Dios, menospreciando lo sagrado de la ofrenda y la santidad de Dios (1 Samuel 2:15-17).
Las ofrendas tenían la finalidad de mostrarnos el sacrificio perfecto de Cristo, pero también la santidad incomparable de Dios. Al dejar de valorarlas estamos menospreciando a Cristo mismo. En la actualidad la ofrenda sigue siendo sagrada, sin embargo, con frecuencia la despreciamos con nuestra actitud y no puede subir con olor grato ante el Señor. Podemos mostrar irreverencia a Dios cuando estamos hablando, chateando, comiendo o comportándonos como simples espectadores en medio de la alabanza, la oración, la recolección de ofrendas o la predicación de la Palabra. Es como si olvidáramos que Dios está en medio nuestro para recibir lo que le vamos a dar y que Él es el dueño de TODO, incluyendo nuestras vidas y posesiones. No seamos como los israelitas cuando llevaban a ofrecer a Dios animales cojos, ciegos o defectuosos, pues Él merece lo mejor. Dios mira nuestro corazón y sabe si realmente estamos dándole el primer lugar. No nos engañemos, Dios no puede ser burlado. ¡No olvidemos quién es Él!

Oración

Señor, perdóname por todas las veces que con mi comportamiento he mostrado menosprecio hacia Ti y Tus asuntos. Te pido perdón por cada ocasión en la que no Te he dado el lugar que mereces. Hoy me comprometo a ofrecerte alabanza, adoración y oración con la actitud correcta para que sea de olor grato, reconociendo en todo tiempo Tu santidad, dignidad, grandeza y majestad. ¡Lo mejor de lo mejor es para Ti, Supremo Dios! ¡Amén!

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